¡Hola, Carmen!

 

Bienvenida a Escaparate Literario. Es la segunda vez que hago una entrevista en esta web, así que ten un poco de paciencia  conmigo.

 

Quiero agradecerte que hayas accedido a responderme a unas preguntas tras el lanzamiento de Nadie muere en Wellington, mi querida emperatriz. Y desde aquí te deseo todo el éxito del mundo, que para mí siempre será poco todo lo bueno que te pase.

 

 

Muchas gracias por invitarme, Montse. Ya sabes que soy una gran seguidora de Escaparate Literario, así que, encantada de estar aquí. Eso sí, estoy segurísima de que me vas a apretar las tuercas lo más grande.

 

 

Ni lo dudes, querida. Vamos a ello:

 

 

P: La primera pregunta es casi obligatoria: ¿Por qué Nueva Zelanda?

 

 

R: Me apetecía salir de la zona de confort y pensé que ambientar la historia en un lugar del que casi no supiese nada supondría un reto añadido.

 

 

P: ¿Te van los retos?

 

R: En la literatura, sí. En la vida real soy bastante comodona. 

 

 

P: Nadie muere en Wellington. Utilizar la palabra «muerte» en un título de novela romántica es muy arriesgado. Por otro lado, la protagonista es auxiliar forense, una profesión que tampoco es común en el género. ¿Estás intentando romper esquemas o me lo parece a mí?

 

 

R: La novela romántica tiene dos normas básicas que hay que cumplir para que pueda ser catalogada como tal: la primera, que la trama principal gire en torno a la evolución de la relación sentimental de la pareja protagonista. Y la segunda, el final feliz. A partir de ahí, el género admite multitud de corrientes. Algunas se ciñen más a los patrones clásicos y otras son más sofisticadas o innovadoras pero, en cualquier caso, hay sitio para todas. Personalmente, no intento desmontarlo, sino aprovechar su versatilidad para encontrar mi sitio. Habrá lectores que se sientan en sintonía con lo que escribo y cómo lo escribo, y otros que no, lo cual es lícito. 

 

 

P: Pero tu voz es de las que grita, tanto dentro como fuera de la ficción, y eso, a veces, incomoda. 

 

R: Soy consciente de ello, pero no me preocupa demasiado. Creo que en la literatura, igual que en la vida, uno debe tratar de mantenerse fiel a sí mismo y no hacer mucho caso del ruido.

 

 

P: ¿Por «ruido» te refieres a las críticas negativas?

 

 

R: No exactamente. Las críticas negativas son parte intrínseca del oficio. Escuecen, no voy a negarlo, pero lo único que se puede hacer es blindarse contra las que carecen de fundamento o destilan mala leche, y tratar de sacar partido de las constructivas. El ruido, para mí, es otra cosa.

 

 

P: Vale, pues desarrolla.

 

 

R: Por ponerte un ejemplo, yo, que no soy médico, jamás le diría a un cirujano cómo sujetar el bisturí. Sin embargo, existe la idea cada vez más extendida de que al escritor sí se le puede decir cómo tiene que hacer su trabajo. Muy bien, pero no olvidemos que el hecho de ser un lector más o menos voraz no convierte automáticamente a nadie en un profesional del oficio. Una cosa es opinar y otra muy diferente, pontificar. Que a un lector no le haya gustado tu libro o que, incluso, le haya parecido un auténtico horror, se debe asumir; no queda otra. Pero que te diga cómo deberías haberlo escrito basándose en criterios completamente subjetivos y que, para colmo, colisionan con el universo de la ficción, molesta bastante. 

 

 

P: Entonces, eres de las que cree que todo vale en la ficción.

 

 

R: Si va dirigida a un público adulto, sí. El autor de ficción no tiene ninguna obligación moralizante ni ejemplarizante, y eso es algo que, en estos tiempos de excesiva corrección política, nos cuesta mucho entender. Tendemos a censurar con una rapidez y una contundencia asombrosa todo aquello que no responda a nuestra propia interpretación del mundo, y me parece bastante dictatorial, la verdad. Lo reprobable en la vida real no tiene por qué serlo también en la ficción. Mira, hace poco leí una novela de Yasmina Khadra sobre un joven terrorista musulmán y me pareció magnífica. Con esto quiero decir que no es necesario ni simpatizar ni empatizar con un personaje para disfrutar de su historia. Que un autor escriba una novela que habla de una relación tóxica, por ejemplo, no significa que defienda ese tipo de relaciones (también habría que puntualizar qué entendemos por tóxico, para no etiquetar a la ligera, sin tener en cuenta el contexto). Por lo tanto, esta tendencia a querer corregir la ficción para blanquear la realidad me parece bastante infantiloide. 

 

 

P: Hablemos de tu libro, pero sin destriparlo demasiado. Has creado un protagonista masculino muy atormentado y durante toda la novela aparecen multitud de referencias a Cumbres borrascosas. ¿Qué hay de Heathcliff en David, el protagonista masculino de Nadie muere en Wellington?

 

 

R: Cumbres borrascosas es una de mis novelas favoritas por la utilización del paisaje como un reflejo del estado de ánimo y por los claroscuros de los personajes, así que es posible que me haya influido a la hora de perfilar a David. No obstante, diría que es más contenido que Heathcliff y, desde luego, mucho menos perverso. 

 

 

P: Si tuvieras que escoger una sola palabra que lo definiese, ¿cuál sería?

 

 

R: Culpa. David es un hombre marcado por la tragedia, profundamente herido y que se desprecia a sí mismo por las decisiones tomadas en el pasado.  

 

 

P: Yo le habría dado un par de tortas por alguna de esas decisiones, que lo sepas.

 

 

R: Y yo, pero es importante aprender a no juzgar el dolor ajeno. Cada persona tiene una forma distinta de sobrellevarlo; aquí entran en juego factores como la fortaleza de carácter, las circunstancias personales o la propia magnitud de la tragedia. 

 

 

P: ¿Y qué me dices de Emma, la protagonista femenina? ¿Qué palabra la define mejor?

 

 

R: Resiliencia, sin duda alguna. Emma es muy tenaz y tiene una capacidad encomiable de sobreponerse a las adversidades. Es una auténtica luchadora.

 

 

P: La verdad es que la chica tiene más moral que el Alcoyano, y no lo digo como algo negativo.

 

 

R: Así es. Emma entiende desde el principio que David no actúa como actúa por puro capricho, sino porque es un hombre traumatizado que, por encima de todo, necesita perdonarse a sí mismo. En el amor, a menudo, hay que hacer pequeñas concesiones; de eso va la cosa.  

 

 

P: La redención es uno de los grandes temas que abordas en esta novela, además de la muerte o la búsqueda de la voz interior, pero la amistad juega también un papel muy importante a través del personaje de Kauri. No te voy a negar que me he encariñado con él y, por lo que veo, a muchas lectoras les ha pasado lo mismo. ¿Te has planteado escribir su propia historia?

 

 

R: Siguiente pregunta.

 

 

P: O sea, que sí.

 

 

R: Que conste que yo no lo he afirmado.

 

 

P: Tampoco lo has desmentido.

 

Qué mala eres. 

 

 

P: Qué va, si soy un trozo de pan. Fíjate si seré buena, que no te voy a apretar más. Al menos, hasta dentro de un rato. Pero, al lío, que nos desviamos. En tu libro no he encontrado faltas. Tú que me conoces y me sigues en las redes desde hace tiempo, sabes que, si hay algo que me cabrea, es justamente eso. Según tú, ¿quién tiene la culpa de los errores de un libro?

 

 

Lo primero a tener en cuenta es que hay distintos grados de errores. Encontrarse una errata o dos en un libro es lo más habitual del mundo, porque dejar un texto completamente limpio es casi imposible. Ten en cuenta que el ojo humano es muy traicionero y, a veces, no vemos lo que tenemos delante de las narices. Para mí, esto no es grave. Lo grave son las faltas ortográficas, las estructuras sintácticas mal construidas, las acepciones léxicas mal empleadas, los verbos mal conjugados o los gazapos. En estos casos, la responsabilidad es compartida entre el corrector/editor y el autor, pero si tengo que echar la culpa a alguien, se la echaría al autor, que es el «dueño» del manuscrito y, por tanto, el responsable último de que salga impecable. Existe la idea de que el corrector/editor, por fuerza, sabe más y escribe mejor que el autor, pero te garantizo que esto no tiene por qué ser así.  

 

 

P: Has tenido la mala suerte de publicar Nadie muere en Wellington en mitad de la crisis más dura que ha sufrido nuestra generación. Me refiero a la pandemia de Covid-19, por supuesto. Imagino que te habrá afectado.

 

 

R: Claro, como a todos. En mi caso, igual que otros muchos compañeros, se han suspendido los eventos y presentaciones que tenía programados y, dado que las librerías están cerradas, los libros que han salido a la venta en las últimas semanas están teniendo menos visibilidad de la esperada. Sin duda alguna, el sector editorial también saldrá muy mal parado y los autores seremos de los más perjudicados.

 

 

P: ¿Crees que las librerías deberían abrir?

 

 

R: Rotundamente no. Los libros brindan consuelo, ayudan a evadirse y nos entretienen pero, por mucho que nos duela, no son bienes de primera necesidad. Me da muchísima pena la situación tan dramática a la que se enfrentan las pequeñas librerías, pero ahora mismo, la única alternativa segura asociada a la inmediatez es la compra de libros electrónicos. 

 

 

P: Pero imagino que debe de ser difícil competir cuando tantos autores han decidido poner los suyos gratis.

 

 

R: Mucho. Y que conste que me parece supergeneroso por su parte. Lo que ocurre es que no todos estamos en disposición de hacerlo. Rebajarlos tampoco es una opción para los que publicamos en editoriales modestas y tratamos de vivir de la literatura como buenamente podemos, de ahí que lo tengamos el doble de difícil para arañar algo de espacio estos días. Pero ya sabes lo que dicen: «Esto también pasará».

 

 

Muchas gracias, mi querida emperatriz, por tu generosidad. Te deseo todo el éxito del mundo con Nadie muere en Wellington y con todos los que llegarán. Porque estoy convencida de que tú has venido para quedarte, que lo del premio no fue una nube de verano y que tienes muchas historias que contarnos para hacernos disfrutar en el más amplio sentido del término.

 

 

Muchísimas gracias a ti por los buenos deseos y por esta conversación tan fantástica. Al final ha sido menos dolorosa de lo que esperaba. Y, sobre todo, gracias por todo el bien que haces a los libros con tu trabajo.

 

 

Aquí podéis ver la reseña de Nadie muere en Wellington. Leed este libro, insensatos, que me lo agradeceréis. 

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