Opinión personal

 

 

Bueno, pues por fin ya ha pasado lo peor (que es la espera) y ya tenemos aquí Todo lo peor, la última novela del chico de Valladolid, que cierra la bilogía berlinesa que empezó con Todo lo mejor. Que anda que no se hace largo un año cuando estás loca para reencontrarte de nuevo con algunos de sus personajes favoritos como Viktor Lavrov, Erika, Otto Bauer y Birgitt, y saber cómo acaba todo. 

 

 

Eso sí, con lo que ha tardado y teniendo en cuenta que escribe acompañado por el ruido de un secador, aquí el colega le ha dado beneficios a los accionistas de todas las compañías de luz él solito.

 

 

Si la entrada de Todo lo mejor la comenzaba con «Si la reseña de Konets la empezaba diciendo que “el chico de Valladolid es un puto genio”, con Todo lo mejor me reafirmo», con Todo lo peor vengo a quejarme porque me siento estafada. Estafada, sí. ¿Cómo puede titularse un libro «todo lo peor» y que el tiparraco este se descuelgue con semejante novelón, que no es solo que esté a la altura de las anteriores, es que las supera (y ya estaba el listón muy alto). Así no, querido. El lector es soberano y no se le engaña (se pone un subtítulo o algo diciendo: no es «todo lo peor», verás cómo te va a gustar lo que hay dentro).

 

 

Ambientada en Alemania (excepto las escenas que se desarrollan en un presidio de alta seguridad de Inglaterra), con un hilo cronológico lineal y un ordenamiento cronológico in extrema res, la historia se desarrolla entre el 13 de junio y el 16 de julio de 1981, y está estructurada en un Preludio, 21 capítulos (con sus escenas correspondientemente datadas y localizadas espacialmente), una nota de autor y una especie de epílogo (en la que nos plantea un final de lo que hubiera podido pasar si…).

 

 

Utilizando un narrador cuasi omnisciente en tercera persona, nos cuenta la investigación de una serie de muertes violentas de homosexuales perpetradas por un asesino mesiánico (un tipo de esos que se creen inspirados por la gracia divina y que el mundo funciona gracias a ellos, pero que mata homosexuales como si mañana le da por matar blogueras indias de Getafe o escritores calvos con bigote de Valladolid, porque tiene el mismo sentido). Por otro lado tenemos la trama de espionaje, en la que son protagonistas indiscutibles Viktor y Erika, con el Mossad, el KGB, la Stasi, la CIA… 

 

 

Vamos al lío, que es a lo que hemos venido:

 

 

¿Qué me ha gustado?

 

 

  • Vamos a empezar por el final del libro anterior: aquí nos enteramos de qué pasó después. Porque aunque Todo lo mejor quedo completamente cerrado, no está de más que nos enteremos de algunos detalles. Y aunque no me suele gustar que los autores se autodestripen, en este caso me ha encantado conocer más.

 

 

  • Comprender el porqué de los títulos, que no están puestos ahí aleatoriamente porque quedan bonitos ni de adorno, ni tampoco porque ambos son contrarios. La frase que resume la bilogía lo deja muy claro: todo lo mejor es lo peor cuando uno no sabe de qué lado está.  Y tú, ¿de qué lado estás? Porque yo lo tengo clarísimo: soy #gellidista y necesito más #gellidismo extremo.

 

 

  • El inicio, ese preludio, ese in extrema res que solo a un sádico girado se le podría ocurrir. Aunque los que hemos leído todas las novelas anteriores sabemos que Erika y Viktor no van a morir, es difícil imaginar cómo va a conseguir solventarlo. El flashforward de «serán más los que mueran en esa cocina» es para morderse hasta los codos. Tenemos claro que va a haber una masacre, pero el muy cabronazo nos tiene toda la novela con el corazón en un puño ignorando qué le ha pasado a nuestros personajes (sí, querido, nuestros, no tuyos, porque una vez que los has compartido con nosotros han pasado a formar parte de nuestras vidas). Y te muerdes las uñas, los muñones, y él decide cuándo y cómo te lo va a contar, y a nosotros que nos den. Y, con un par y medio, nos deja así hasta el final, cuando vuelve a retomar la escena de la cocina. No se puede ser peor persona, ya os lo garantizo. Porque, además, no lo resuelve de inmediato: como digo más adelante, lo va alternando con la resolución de la otra trama. Si no quieres caldo, toma dos tazas. Hay que rejoderse contigo, macho. A ver si el bigote (#Movember) te hace un poquito más humano.

 

 

  • Eso sí. Esto le permite cambiar el tiempo verbal de la novela y utilizar el presente posibilita un acercamiento mayor a los personajes y a lo que está sucediendo. 

 

 

  • Las conversaciones entre Sutcliffe (un asesino en serie inglés) y Viktor son una delicia. Por un lado nos permite ver a nuestro Armando en acción, como el psicólogo criminalista al que conocimos en la primera trilogía; por otro, esas dos inteligencias midiéndose son uno de los puntos fuertes del libro, con unos diálogos que no tienen desperdicio, y en los que la ironía de Viktor alcanza momentos realmente sublimes. Aunque los que hemos leído sus trilogías lo sabemos de sobra, me ha rechiflado verlo en acción. Porque Sutcliffe es un psicópata, pero Viktor no le anda a la zaga. Solo un tipo igual de tarado puede entrar así en la mente de un perturbado. Mi opinión sobre cómo anda la cabeza de Gellida es pública: solo un «girado» puede disfrutar metiéndose en la cabeza de asesinos en serie, creando asesinos en serie, disfrutar cuando matan esos asesinos en serie… y me callo, que este es capaz de pensar que soy un personaje de sus novelas y esta noche se levanta «cruzao» y mañana estoy criando amapolas. 

 

 

  • Aunque aquí ya se ha perdido el factor sorpresa de mezclar una trama de espías con la de un asesino en serie, sigue pareciéndome muy original. Que hay que tenerlos cuadrados para volver a repetir el mismo esquema, con lo arriesgado que me parece. 

 

 

 

  • En este caso la trama de espías tiene más peso que la otra pero, aunque a mí lo del espionaje no me hace mucho tilín, tiene tantos ingredientes (KGB, CIA, Stasi, Mossad…) que no da tiempo a aburrirse. Además, ambas tramas están llenas de claroscuros y de muchísimos matices.

 

 

 

  • Y si alguien en un momento dado cree que se va a perder, tranquilos, que César, como siempre, pone un dramatis personae (lo que viene siendo una lista de personajes de toda la vida, que a mí lo de los latinajos me da repelús) y podemos saber enseguida quién es quién y a qué bando pertenece.

 

 

 

  • El estilo, que sigue siendo muy cuidado, pero en este caso está mucho más pulido. Ha dejado bastante de lado la doble adjetivación (que era lo que menos me gustaba de él, aunque me consta que a muchos les encantaba) y ha quedado todo mucho más limpio, aunque sin perder la esencia. Cualquier texto que Gellida publique, aunque no esté firmado, se distingue a la legua.

 

 

  • Y luego está el estilo Gellida que, como él mismo define, es una forma de escribir, muy audiovisual, con escenas cortas, sin apenas transición, una sucesión de acontecimientos, con violencia, sexo, acción.. O sea, el  sadismo puro y duro de toda la vida: mucha sangre, muchos muertos, asesinatos descritos con el realismo y la crudeza necesarios… En fin, una orgía de emociones de todo tipo.

 

 

 

  • Respecto a los personajes, llenos de luces y sombras, poliédricos y con muchos claroscuros. Gellida es un auténtico maestro en el arte de perfilarlos para que sean humanos, cercanos, redondos. Me sigo quedando con Birgitt, que ya me encandiló en Todo lo mejor, pero Viktor está colosal en sus conversaciones con el asesino inglés y Otto parece un personaje distinto al de la novela anterior, pero con una evolución lógica y consecuente. Con Erika me pasa lo de siempre, que no sé si va, viene o se queda en medio; no termino yo de cogerle el punto.

 

 

 

  • La investigación para contextualizar la novela, un trabajazo, sin ninguna duda. Porque él domina el tema, nosotros sabemos que lo domina, pero no nos ha agobiado con todos sus conocimientos. Me explico, ¿no? Hay que utilizar la documentación solo para que el lector se haga una idea y se ponga en situación, sin saturarlo de datos superfluos e innecesarios. Eso sí, me encanta cuando nos cuenta alguna detalles históricos o artísticos.

 

 

 

  • La ambientación me ha parecido todavía más oscura y más gris que en el libro anterior, y eso que aquí no se ve el contraste con la Alemania occidental.

 

 

 

  • No hay muchos giros narrativos, pero los pocos que hay son magníficos. Todos, excepto uno, no los he visto venir. Y, lo que es mejor, cuando crees que tienes todo claro y que ya no puede sorprenderte más, consigue el más difícil todavía y logra descolocarte. 

 

 

 

  • En cuanto a las resoluciones, sin prisa pero sin pausa. Hay tantos frentes abiertos que para cerrar todos se necesita tranquilidad. Todos estas tramas y subtramas  agilizan muchísimo el ritmo, que se convierte en muy rápido cuando nos acercamos al final, en el que todo los acontecimientos se precipitan (no que sea precipitado, que es diferente). 

 

 

 

  • El desenlace es de infarto y, además, doble. Por un lado tiene que resolver la trama del asesino en serie y por otra nos tiene que contar qué ha pasado en casa de Erika, que es como empieza la novela y así nos deja, mordiéndonos los muñones casi hasta el final. Y lo borda, porque va entremezclando escenas de una trama y otra, y vamos saltando de una a otra con los ojos desorbitados y el corazón taquicárdico. Difícil no, imposible para cualquiera que no sea él. A tus pies, querido. Te aplaudo hasta sangrar.

 

 

 

  • Pero te aplaudo hasta sangrar no solo por eso. Además, tiene la osadía de plantearnos un ¡final alternativo! Menos mal que, en este caso, no se ha impuesto la lógica. Porque si lo hubiese llegado a hacer, la pera de la angustia me hubiese parecido poco.

 

 

 

Resumiendo, que dice el Maestro: si cuando reseñé Todo lo mejor dije que Gellida no tiene tope, aquí demuestra por qué es el puto amo y lo putomás. En Todo lo peor, como en la anterior, volvemos a encontrarnos dos tramas (una de espionaje y otra de un asesino en serie) cuyo punto de unión es Viktor, con unos personajes llenos de matices, con un ritmo que no nos da ni un segundo de respiro, y un desenlace de infarto en el que todo queda perfectamente atado. El chico de Valladolid se ha superado y ha escrito una novela todavía más negra. Un imperdible. 5 ⭐️

 

 

 

 

Autor

 

 

César Pérez Gellida nació en Valladolid en 1974. Es Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valladolid y máster en dirección comercial y marketing por la Cámara de Comercio de Valladolid. Ha desarrollado su carrera profesional en distintos puestos de dirección comercial, marketing y comunicación en empresas vinculadas con el mundo de las telecomunicaciones y la industria audiovisual hasta que, en 2011, decidió trasladarse con su familia a Madrid para dedicarse en exclusiva a su carrera de escritor.

César Pérez Gellida irrumpió con fuerza en el mundo editorial con Memento mori, que cosechó grandes éxitos tanto de ventas como de crítica y obtuvo el premio Racimo de literatura 2012.

Constituía la primera parte de la trilogía «Versos, canciones y trocitos de carne», que continuó con Dies irae y se cerró con Consummatum est y por la cual le fue otorgada la Medalla de Honor de la Sociedad Española de Criminología y Ciencias Forenses 2014 como reconocimiento a su ardua labor de documentación.

En noviembre de 2014 le otorgaron el Premio Piñón de Oro como vallisoletano ilustre, y en marzo de 2015 apareció su cuarta novela, Khimera. Actualmente sigue escribiendo y colabora como columnista en El Norte de Castilla.

La trilogía «Refranes, canciones y rastros de sangre» esta compuesta por Sarna con gustoCuchillo de palo y A grandes males.

En noviembre de 2017 publicó Konets, secuela y su precuela de ambas trilogías.

En octubre de 2018, con Todo lo mejor inició la bilogía berlinesa.

 

 

 

Datos del libro

 

 

 
TítuloTodo lo peor
AutorCésar Pérez Gellida
EditorialSuma
Primera edición7 noviembre 2019

 

 

 

 

 

 

Puedes encontrar a Montse Martín en Lector Cero. Si quieres un informe literario o una corrección de tu novela, puedes contactar con ella aquí.

 

Resumen
Fecha
Título libro
Todo lo peor (César Pérez Gellida)
Valoración
51star1star1star1star1star

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