Madrid es la mejor ciudad del mundo: posee un cielo que parece bendecido por Dios y propicia una existencia vibrátil que parece inspirada por el Diablo. No me extrañaría un pelo que un día de estos algún sesudo científico vienés descubra que el centro de Universo se encuentra en algún punto indeterminado entre la calle Princesa y la calle Atocha. Quizá el kilómetro cero de la Puerta del Sol es el origen de la medida de todas las cosas. Bien puedo decir que Madrid es la única ciudad de todas las que he conocido en la que no me siento fuera de lugar. El día que me muera espero que me incineren y que viertan mis cenizas sobre el estanque de las barcas del Retiro a ver si con un poco de suerte mi fantasma resucita por las noches y se da un paseíllo hasta el Ángel Caído, o incluso más allá, hasta la estatua de Pío Baroja de mala leche bajo su boina que corona la cuesta de Moyano, y así poder asustar a los turistas con mi espectral presencia. De hecho, si lo pienso dos veces, casi mejor que me echen al estanque sin incinerar.

 

Contamos los madrileños que cuando han drenado el estanque de las barcas han encontrado allí los objetos más improbables: urnas funerarias, dentaduras postizas, cajas fuertes, un obús de la Guerra Civil, máquinas expendedoras de chicles, carros de la compra, esqueletos de bicicletas abandonadas, monedas lanzadas para invocar algún conjuro de la buena suerte y que todas juntas suman un Potosí, anillos de compromiso con pedrusco de varios kilates, o kilotes, relojes, cámaras fotográficas, sillas y mesas, armas de fuego, armas blancas, pruebas de crímenes sin resolver. No bromeo. En los años 80 incluso encontraron el cadáver de un tal Luis Miguel Parra, empleado del metro, hecho que, por sí mismo, justifica la escritura de una novela. Por tener, el estanque de las barcas del Retiro ha tenido incluso un tiburón. Que no bromeo. Un tiburona, para ser más precisos, que se llamaba Margarita. La tiburona Margarita, con una dieta estricta de miguitas de pan arrojadas por los visitantes del Retiro, había alcanzado el peso de doce kilos y la longitud de un metro y, en realidad, no era una tiburona, sino una carpa, sólo que gigantesca. Normalmente esos bichos no suelen pasar de los tres kilos, pero, se sabe, en Madrid siempre hay alguien que hace las cosas a lo bestia. Lo que no se sabe bien es cuál fue su destino. Decimos los madrileños que se la llevaron para evitar que un buen día saltara del agua y le arrancara de un bocado el brazo a algún turista. Madrid es así: amiga de lo inverosímil. Pero no es cuestión ahora de ponerme a hacer literatura de Madrid. De esa ya hay mucha y, gran parte de ella, muy mala.

 

Los amantes de Madrid estamos de celebración ya que uno de sus hijos, el escritor Juan Mendoza, ha publicado recientemente la novela Línea Uno (Editorial Libros CLAN), que no es sino literatura de Madrid, pero en esta ocasión de la buena. En realidad hay muchos Madriles, no sólo uno. Poco o nada tiene que ver el Madrid de las inmediaciones del Retiro, que es un ecosistema en sí mismo, con el Madrid judicial de Plaza Castilla o con el Madrid suburbial de Carabanchel, poco o nada tiene que ver el Madrid de el Dioni con el Madrid de Olvido Gara, o el Madrid de las novias de los futbolistas de Serrano con el Madrid de los políticos y los Nuevos Ministerios. Posiblemente exista un Madrid por cada madrileño. El Madrid de Juan Mendoza es uno de los Madriles más suburbiales y marginales que hay: el de Vallecas. Por favor, no se confundan: su prosa no tiene nada de marginal y tampoco de suburbial. Juan Mendoza, el escritor madrileño, cultiva una prosa musculada, ágil, prolija en metáforas y en ingenio, una sintaxis atlética y lozana que hace que su lectura suponga un gran deleite y que le ha permitido desplegar con mucho tino y acierto el caleidoscopio humano del Puente de Vallecas. Lo mejor que puede decirse de Juan Mendoza, el madrileño, es que no escribe frases tan asquerosamente informativas como «Juan salió de casa por la tarde y estaba lloviendo a cántaros», o «Pedro dio media vuelta y regresó a su mesa», o «El médico miró los papeles que tenía en la mano con una seria expresión que le hizo temerse lo peor» o «En la taberna reinaba un ambiente de penumbra». Juan Mendoza no es un cutre del lenguaje, ni tampoco un cutre de la vida, y menos aún un cutre de la literatura.

 

Madrid, el género literario, no la ciudad, también es muchos géneros. Poco a nada tiene que ver el Madrid sombrío y como de novela noir de Antonio Muñoz Molina en Beltenebros, con el Madrid bullicioso de Jardiel Poncela, poco o nada tiene que ver el Madrid lírico y sexual de Umbral con el Madrid marmóreo de Galdós. Seguramente hay un Madrid, género literario, por cada escritor. En el Madrid de Juan Mendoza se conjuga lo inverosímil, ya digo, con lo mundano, lo poético con lo pedestre, lo voluntarioso con lo hastiado, lo deslumbrante con lo automático. El Vallecas de Juan Mendoza es una colorida cornucopia de afanes, planes fallidos de antemano, instintos de supervivencia, derrotas, debilidades, sacrificios humanos e inclinaciones obstinadas, un palpitante bestiario humano en el que la vida y la muerte se entremezclan agitadas por la sorda pasión de la rutina y la costumbre de vivir. Como un entomólogo, Juan Mendoza disecciona el rodar estático, varado, sin destino, de decenas de vallecanos marginales que sobreviven como pueden en los arrabales de la bohemia, ajenos al tiempo que les rodea y, en muchas ocasiones, al aciago destino que les espera agazapado en una esquina.

 

Como toda obra de acentos postmo, Línea uno es una obra consciente de sí misma, que se regocija en su propio estilo, que se ratifica en sus hallazgos y que no hace concesiones inútiles a los insulsos cánones de la novela actual. No hay nada más conservador y puritano que un bestseller actual. Línea uno entronca con otra tradición literaria estéticamente más ambiciosa, más artística, más letraherida. En Línea uno se escuchan reverberaciones que van desde Cela hasta Jardiel Poncela. No espere usted, por lo tanto, una trama narrativa convencional (no la hay), ni teselas argumentales a las que aferrarse (no las necesita). Línea uno es más bien un mosaico, un collage, un catálogo, una obra circular que comienza y acaba en sí misma. Recomiendo su lectura. No sé a qué espera usted para ir a la librería más cercana a adquirir un ejemplar.

 

 

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Autor

 

 

Juan Mendoza nació en 1965 a cuatro pasos de la Puerta del Sol; en el madrileño Barrio de las Letras.
Su infancia y primera juventud transcurren en un ambiente barrial cuya influencia el autor deja traslucir, de forma claramente intencionada, en su prosa cruda y durecta, sin concesiones al regateo estético ni a la corrección política.

Línea uno, su segunda novela, responde a ese carácter marginal y proletario cuya natural aspereza parece haber sido pulida por Cela y abrillantada por Delibes.

 

 

 

 

Datos del libro

 

 
TítuloLínea uno
AutorJuan Mendoza
EditorialLibros CLAN S.L.
Primera ediciónfebrero de 2018

 

 

Resumen
Fecha
Título libro
Línea uno, de Juan Mendoza
Valoración
51star1star1star1star1star

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